Si anda con apuro, olvídese. Mejor rumbee para otro lado. Porque en estos lugares el tiempo no anda a las corridas.
Es más, pareciera que no pasara, o al menos que pasara lento, como si se acodara junto a algún gaucho en el antiguo mostrador de madera y estaño protegido por una alta reja, entre sifones descoloridos por el polvo, botellas de aperitivo Pineral o caña Piragua, una balanza posiblemente marca El Progreso, monturas y espuelas colgadas de las vigas, faroles a gas, una radio a transistores y, acaso, algún viejo televisor con una pantalla descolorida.
Los relojes no importan mucho aquí, y menos los almanaques, excepto esos viejos que decoran las paredes de ladrillos gastados por los años, en general de Alpargatas e ilustrados por el maestro Molina Campos.
Las pulperías no son para estos tiempos superficiales de pasar corriendo, sacarse una selfie y seguir viaje a las apuradas. No señor.
Estos boliches tienen su origen en los inicios de la época colonial:el historiador Felipe Pigna destaca que una de las primeras pulperías fue inaugurada por Ana Díaz, una de las mujeres que acompañó a Juan de Garay en la segunda fundación de Buenos Aires, allá por 1580, y dice la historia que, en 1600, el Cabildo porteño impuso una multa de 8 pesos a un pulpero por vender vino a indios y negros.
Lo cierto es que nacieron estratégicamente ubicadas en emergentes pueblos, en cruces de caminos o a la vera de rutas transitadas.
En la provincia, la mayoría surgió como postas en las que a las carretas y diligencias que unían el puerto con el interior se les ofrecía comida y descanso para los caballos, un trago y algún plato básico para los viajantes y, en algunos casos, alojamiento para dormir unas horas y seguir viaje.
Luego comenzaron a recibir el correo, y fueron convirtiéndose en el centro de reunión de cada zona, pero en “el bar” del lugar, que los gauchos comenzaron a visitar cada vez más asiduamente y por más tiempo, al punto de que con frecuencia “olvidaban” hacer sus tareas rurales. Entonces, con el impulso de los estancieros, en la primera mitad del siglo XIX se prohibió la venta de bebidas alcohólicas en estas tabernas. Algunas debieron cerrar, pero la mayoría se recicló, convirtiéndose en “almacenes de ramos generales” que vendían un poco de todo lo que el hombre de campo necesitaba; básicamente alimentos, bebidas, leña, kerosene, faroles a gas, velas, bombachas, boinas, aperos y repuestos para la montura.
Y los gauchos siguieron llegando, con lo que las pulperías no perdieron su rol de punto de encuentro y centro de reunión social, como una especie de versión local de los saloons de los Estados Unidos, sólo que desvalorizadas por la historia. En ellas siguieron juntándose los paisanos a jugar a las cartas o a la taba, a charlar, y también a beber y, de ser necesario, a saldar diferencias con alguna cuchillada certera. Especialmente para esos casos se instalaban las altas rejas tras las cuales se protegía el pulpero, y que hoy, aunque no quedan muchas originales, son una de las marcas registradas de estos establecimientos.
 
¿Cuántas pulperías hubo en la Argentina? Es difícil saberlo, porque no existen estadísticas apropiadas. Es cierto que en el siglo XIX en la provincia de Buenos Aires fueron censadas 350, aunque se estima que en 1810 había al menos 500, a las que se sumaban muchas más en provincias como Santa Fe, San Luis, Córdoba o La Pampa. Pero la gran mayoría se concentró en la provincia de Buenos Aires, que es donde más, y en mejor estado, pueden encontrarse actualmente.
San Antonio de Areco, San Andrés de Giles, San Pedro, Baradero, Navarro, Azul, Cañuelas, Tandil, Chivilcoy, Trenque Lauquen… Son muchos los pueblos y caminos rurales en los que las pulperías resisten el paso del tiempo y cuentan historias de cuando eran el centro del comercio y el meollo de la vida social.
Fuente: Clarín // Foto: Magiaenelcamino.com