A 33 kilómetros de Bolívar encontramos la pulpería Mira-Mar, atendida por la familia Urrutia desde 1890. Hace tres siglos que es la única luz que se ve en el Camino Real. El tiempo no pasa en este lugar que recibe clientes que van a la misma hora desde hace décadas. Un lugar como quedan pocos en el país.

Los almanaques no pueden con Mira-Mar. Hace tres siglos que permanece abierta y la misma familia sigue siendo la responsable de que este templo de la tradición pulpera nacional continúe siendo la única luz que se ve en la soledad pampeana, por los pagos de Bolívar.

No es fácil llegar a la pulpería, pero acaso sea esto lo que atraiga más. Mira-Mar, que supo escaparle al tiempo, está en un limbo cartográfico. El esfuerzo vale la pena. Si uno viene por Buenos Aires hasta Bolívar, en la rotonda en donde la ruta 205 pasa a ser 65, hay que seguir unos cuatro kilómetros, y en la primera huella de tierra, hacia la derecha hay que mandarse. De acá son 25 kilómetros de tierra por el camino real. Mira-Mar aparecerá rodeada de árboles, como un espejismo criollo, una fachada de ladrillos ocres y una puerta siempre abierta inspira la esperanza de que los buenos tiempos en donde la tranquilidad y la calma dominaban, aún perduran.

La familia Urrutia está en este paraje desde 1870 cuando Mariano, el bisabuelo de Juan Carlos, actual pulpero, llegó de España. Amanecía todos los días de su vida viendo el mar Cantábrico en un pueblo costero llamado Miramar. De golpe, tras cruzar el océano, se halló en la pampa, en el medio de la nada. Entonces en el paraje La Colorada, cerca de donde está la pulpería había una laguna, y el melancólico español se pasaba los días mirando ese pequeño espejo de agua que le traía recuerdos de su España y de su mar. “Mira-Mar”, dice la tradición familiar que el viejo Mariano exclamó. “Este lugar se tiene que llamar Mira-Mar”, y así fue y así continúa llamándose.

El bisabuelo levantó la pulpería en 1890, y desde ese año está atendida por la generación que sigue, siempre Urrutia, hoy Juan Carlos se dedica a trabajar en el campo y a hacer realidad el legado familiar: mantener la pulpería abierta. “Mira-Mar, con guion”, nos dice al referirse al nombre. “Tenemos clientes que hace décadas vienen a la misma hora. La pulpería mantiene vivo al paraje, yo nací acá” Las estanterías, el mostrador, las sillas y ese silencio habitado por mil historias están en la sangre de Juan Carlos. No podría estar en otro lugar.

La Pulpería, es verdad, no tiene signos del paso del tiempo. Botellas, vasos y frascos de tiempos idos mantienen su alcurnia y se exhiben como si el aperitivo Pineral fuera la bebida más tomada en estos días, orgullosas, las botellas no han perdido brillo y estilo. El mostrador está liso por el paso de miles de gauchos que se han acodado en noches interminables. Están las rejas originales, que fueron necesarias en tiempos en donde los facones relucían para ponerle fin a un problema de naipes o de polleras. “Hubo peleas, hay una marca en uno de los barrotes” Juan Carlos, además de pulpero, es coleccionista y aprovecha esa virtud atemporal de Mira-Mar: es una pulpería museo, o es un museo en donde se puede comer picadas y tomar algún vino carlón.

“Estamos sobre el camino real”, cuenta Juan Carlos. Los caminos reales son huellas anchas, eran los antiguos caminos que hacían las galeras. Atrás de la pulpería hay un establo. “Las galeras tenían seis caballos, acá funcionaba la posta de recambio” Entonces había mucha gente en estos caminos de tierra que deben sufrir el paso de los camiones que llevan la producción láctea, acostumbrados a los caballos, los caminos se retoban cuando hay lluvia.

A pocos kilómetros de Bolívar, la familia de Juan Carlos lo ayuda a mantener la pulpería. Su esposa Silvia y sus hijos Victoria y Juan Martín han entendido que esto es una cuestión familiar. La pulpería los une y les marca un camino. La gastronomía ha sido una salida perfecta para atraer gente, todos los viernes a la noche Juan Carlos organiza una peña, y los días patrios o feriados hay un almuerzo, detrás del mostrador hay un salón que se llena con estos convites. Empanadas, lechón relleno, picada y bebida. El menú parte de la base que la tradición se traslada por los sabores telúricos. Comer en una pulpería es una experiencia que todo argentino debería tener para sentir el gen que nos ha hecho lo que somos. Dios y Mandinga comen acá.

Tres siglos después de su fundación, la pulpería Mira-Mar sigue abierta, y perdura como la única luz que se ve al fondo del Camino Real. Los que pasan por acá, no están solos.

 

Fuente: El Federal // Foto: Pulpería Mira Mar Blogspot