Un ambiente, el más amplio, es el que mejor soportó el abandono: las paredes de ladrillo se muestran firmes y el techo se puede reparar. “Lo más difícil será sacar tanta humedad”, dice Cristian Atlante, mientras revisa dos camas de hierro que tal vez pueda rescatar. A esta casa olvidada, resignada por el dueño al refugio de sus animales, rodeada de yuyos y con un molino que aún mueve sus aspas por el empuje del viento norte, el joven, de 29 años, y su pareja, Lucía Giacondino, de 30, le ven potencial. La semilla de su sueño. A cambio de que la acondicionen, se la cedieron en comodato para que puedan instalarse en este pueblo del sur de la provincia donde la tendencia imperante de la migración del entorno rural hacia las ciudades empezó a revertirse desde hace unos años con la llegada de nuevos vecinos.

La idea de este músico y esta fotógrafa marplatenses es mantenerse ahí hasta conseguir comprar un terreno y levantar su propia casa con las técnicas de bioconstrucción que hoy estudian en su ciudad. El segundo paso es montar una huerta orgánica que les sirva de sustento y comercialización.
A través de la ONG Proyecto Pulpería, supieron lo que estaba pasando en este pueblo de sólo 14 habitantes, donde los nacidos y criados ya son una minoría. Y cuando conocieron en persona a Daniel Tonelli y Patricia Béliz confirmaron que hablaban el mismo idioma y se convencieron de mudarse. En poco más de dos años, esta pareja de Bahía Blanca había logrado algo similar a lo que ellos sueñan.
“El mayor atractivo de esta tierra es que tirás una semilla y crece enseguida”, dice Tonelli, de 50 años, mientras camina entre los repollos, las aromáticas, las rúculas y las lavandas que crecen en el fondo de su casa.
En Bahía Blanca llevaban una vida convencional: él, licenciado en Sistemas en una cadena de supermercados; ella, enfermera en una clínica privada. El estrés de la vida citadina y el quiebre de la salud los llevaron a buscar un lugar donde empezar de nuevo. Y este paraje sobre la ruta 72 -traza donde hace más de 50 años corría el ferrocarril Roca- , a 15 kilómetros de la ruta nacional 3, rodeado de olivares y campos donde tradicionalmente se cosechaba trigo y cebada, con su cabecera de distrito a sólo 25 kilómetros en Coronel Dorrego, y amparado por el mar y las más distantes sierras, los convenció enseguida.
Al principio fueron un grupo de 15 bahienses que compraron por sólo unos miles de pesos un terreno comunitario para el cultivo, pero no todos se amoldaron y permanecieron cinco. Entre ellos, Ricardo Mansilla y Mirta Verdecchia. “Estábamos hartos de la ciudad. Buscábamos la naturaleza, trabajarla, no cumplir horarios. Y de acá nos vamos a ir cuando nos lleven con los pies para adelante”, cuentan en la entrada de la estación de tren, el corazón del pueblo.
Impecable, a la vera de la ruta 72 -un ancho camino de tierra que se inunda seguido-, la estación es hoy un museo que exhibe la historia de las familias pioneras de un pueblo que, según afirman sus históricos habitantes, llegó a tener unas 300 personas. La escuela es la primera construcción que se ve. Primaria y preescolar, hoy sólo educa a tres chicos, aunque sus instalaciones podrían albergar muchos más. Por eso Tonelli y Béliz se ilusionan con la llegada de nuevas familias que le den mayor impulso a Faro.
“Acá se está moviendo algo. Y el resultado lo veremos en unos cinco años”, dice Leandro Vesco, periodista y fundador de Proyecto Pulpería. Él habla de una revolución silenciosa que se da en la provincia a contramano de esa merma de población rural que en las últimas décadas, tras el cierre de los ramales, el avance de la frontera sojera, la tecnificación agropecuaria y la mala formación de rutas, dejó en peligro a unos 200 pueblos de menos de 100 habitantes.
“Esta revolución silenciosa la están haciendo personas y familias que procuran el rescate de los valores de trabajo y solidaridad de aquellos pioneros que fundaron los pueblos. Esta red, que tiene que ver con emprendimientos de turismo rural sustentables, con almacenes de ramos generales, con el mensaje a los niños de que es mejor querer la tierra que irse a la ciudad, es aún débil, pero real y perceptible”, dice.
El director de Turismo Comunitario y Fiestas Populares de la provincia, Ignacio Salmeri, también percibe este fenómeno incipiente, que en general se da, dice, en los alrededores de grandes centros urbanos como Buenos Aires, Mar del Plata y Bahía Blanca, y que nace de preguntas trascendentales que se hacen personas que buscan tranquilidad y deciden volver a trabajar la tierra. El punto de fricción, afirma, es que la llegada de nuevos habitantes no modifique la identidad del lugar. Según dice, el fenómeno también demanda una concientización -en la que afirma que están trabajando- para que los pobladores históricos se den cuenta de que la tranquilidad de su pueblo es hoy un atractivo turístico.
Quedar en el olvido
Y como sucede en cualquier consorcio, aquí no todos se ponen de acuerdo, por ejemplo, con el proyecto de que la municipalidad les ceda a los pobladores la estación de tren para hacer una casa de té. Así lo entienden Cristina Balladares y Marcelo Cayssials, que llegaron desde Bahía Blanca hace siete años. Ellos consiguieron que se refaccione la estación, que ahí se den clases de secundario para adultos, además de la nomenclatura de las calles. También participaron del multitudinario festejo del centenario del pueblo, en 2011. Hoy al frente del Club Atlético Faro, afirman que este pueblo no es para cualquiera y temen que pueda perderse la tranquilidad que ahí encontraron.
La difusión que le dieron a Faro los nuevos pobladores, impulsada por Proyecto Pulpería, atrajo las consultas de al menos 1000 personas. Malvina Fernández, titular de la inmobiliaria homónima, en Coronel Dorrego, empezó a recibir unas 30 llamadas diarias desde distintas ciudades del país para averiguar precios de terrenos o casas. Ella aclara enseguida que la demanda supera ampliamente la oferta: ellos venden una casa a 700.000 pesos y un terreno a 70.000. Además, hay otros dos casas que cuestan 11.000 y 13.000 dólares.
“No quiero dar de baja la ilusión, pero es muy difícil que haya escrituras de los terrenos -dice Fernández-. La gente fue abandonando las casas y los herederos creyeron que el pueblo quedaría en el olvido. Este auge fue inesperado.”
Una revolución silenciosa
Desde hace diez años, Leandro Vesco, periodista y fundador de la ONG Proyecto Pulpería, recorre las rutas bonaerenses para visitar especialmente esos pueblos y parajes que el éxodo rural de las últimas décadas dejó con un puñado de habitantes. Los objetivos de la organización son afianzar la vida rural, promover los desarrollos de las personas que están dentro de los pueblos, favorecer la soberanía y la independencia rural y procurar que ninguna escuela de la zona se cierre. ¿Cómo lo hacen? En esos viajes rescata las historias de lo que él denomina la revolución silenciosa: personas y familias que promueven los mismos valores de trabajo, solidaridad y amor por la tierra de aquellos pioneros que fundaron los pueblos. “Estamos convencidos de que el trabajo sustentable de la familia rural más la presencia de la escuela son los pilares para que un pueblo continúe y se recupere plenamente. También lo son las pulperías, porque ésa fue la institución básica y primaria para que luego se originaran pueblos en la provincia. Cualquier pueblo fue primero una pulpería”, dice Vesco. El Senado de la provincia lo invitó a dar una charla en el encuentro de desarrollo y turismo sostenible, donde se referirá a la identidad rural como atractivo turístico.
 Fuente: La Nación // Foto: La Nación