Nicolás tiene 8 años, habla guaraní y sólo pronuncia algunas palabras en castellano; todavía mira entre desconfiado y curioso a los que comparten su canoa. Lentamente empieza a acostumbrarse a las visitas en su casa del paraje Carambola, en los esteros del Iberá. Su familia es uno de los eslabones de la cadena de ecoturismo que intenta revitalizar un pueblo de 220 años del que los jóvenes emigraban por falta de oportunidades.
La reserva del Iberá tiene 1,3 millones de hectáreas. Es el primer acuífero de la Argentina y el segundo del mundo, detrás de Pantanal (Brasil). Cuenta con unas 60 lagunas y se nutre del agua de lluvia, no hay río que lo alimente. El 25% del agua del Iberá desemboca en el río Corrientes, que la lleva al Paraná.
“La conservación de la naturaleza debe incluir a la gente, por eso el ecoturismo, para un desarrollo social equitativo”, dice Javier Kuttel, titular de la Fundación Yetapá, que trabaja con las comunidades locales.
En Puesto Felipe -a unos 25 kilómetros de Concepción- llegan Mingo, Javier y Diego con sus canoas. En lo que fuera el último lugar importante de trueque entre los “mariscadores” (como aquí se conoce a los cazadores) y los comerciantes, hoy buscan a los visitantes que quieren recorrer parte del estero en sus canoas tiradas por caballos. En los islotes esperan Fabiana y Diana con comidas típicas. Todos, en sus posibilidades, adecuaron sus construcciones de junco, para recibir a los turistas.
José Sosa tiene 21 años. Hasta hace tres pensaba dejar el pueblo para irse a Corrientes capital. Sin embargo, hoy es uno de los 16 “guías de sitios locales” que se capacitaron para acompañar a los visitantes. Ellos son imprescindibles para ingresar al estero, describen el paisaje, colaboran en el contacto con los isleños y trabajan en conjunto con los guardaparques provinciales.
En un futuro se prevé que el parque Iberá tendrá 700.000 hectáreas y, así, se convertirá en el más grande del país. De ese total, 550.000 corresponden al gobierno provincial y el resto, a las donaciones que, de manera gradual, hará a la Nación, la Conservation Land Trust -la fundación creada por Douglas Tompkins-. De 1,3 millones de hectáreas de la reserva, 800.000 son de unos 1000 propietarios privados.
Entre 1930 y 1970, la caza indiscriminada puso en riesgo buena parte de la fauna. En esos años, los “mariscadores” hacían trueque para sobrevivir con los acopiadores que, a su vez, contactaban a los vendedores. En 1983, la provincia creó la reserva y ofreció a los pocos cazadores que quedaban convertirse en guardaparques. “Cazaban por necesidad, no por placer. Se transformaron en custodios del patrimonio”, sintetiza el guardaparque Adrián Kurt.
Además de recorrer el estero y guiar las excursiones en lancha, los guardaparques atienden el Centro de Interpretación que funciona en Concepción. A Víctor Vallejos no se le escapa ningún animal que pueda interesar al visitante y va advirtiendo de su presencia. Juan Ramón Moreira explica en detalle lo encontrado en las excavaciones de la isla Disparito, donde se hallaron restos preguaraníticos.
El Ministerio de Turismo de la Nación se sumó al trabajo del municipio, la provincia y el sector privado con un plan maestro, para convertir a Concepción en uno de los nuevos portales de acceso a la reserva (el primero fue Carlos Pellegrini, hace 30 años; son 12 en total).
En la localidad viven unas 3000 personas y otras 1000 en los parajes del estero. Hay unas 1500 familias que están de manera permanente en las islas. No van nunca a los pueblos. “¿A qué voy a ir, si acá [en la isla Abatí] soy libre? Allá se necesita dinero”, se pregunta (y se contesta) “Moncho” Villagra, que vive con sus hermanas Cirila y Victoriana. La familia Villarroel es la última nómada que queda en esta zona. Se mueven de un área a otra en función del avance del agua.
Como en la región lo que prima es la ganadería, los isleños trabajan como “troperos”. Sin embargo, ahora el turismo les permite tener otro ingreso. La Fundación Yetapá -en su intento para que los propios vecinos protagonicen el crecimiento del lugar- lleva adelante el programa “Bienvenidos a nuestra casa”, para que los habitantes ofrezcan alojamiento y gastronomía.
Viviana Cardoso recibe a turistas en una casa que era de sus abuelos. “La vamos acondicionando y ya, durante las vacaciones de invierno, no tuvimos un solo día desocupado”, señala. Cobra 300 pesos por día por persona. El modelo es una alternativa a los tres hoteles y posadas que hay en el lugar.
También los artesanos mejoraron sus ventas. Rosario Salazar aprendió a tejer la planta de espartillo con su abuela. En su casa tiene su stand y recibe a los visitantes. “Me fue muy bien, hasta tuve que dejar de aceptar encargos para poder reponer lo que vendí”, indica. En el pueblo están organizando un local común para hacer exposiciones y comercializar.
Cada uno -según sus habilidades, ganas y preferencias- busca su lugar en la cadena. Nelson cocina para las visitas en casas o posadas. Saúl Aguirre es guía en el museo de muñecas La Pilarcita -una suerte de “santa popular”-. Ayelén Mercado lo hace en el museo histórico (por Concepción pasó Manuel Belgrano y su ejército, y allí sumó a Pedro Ríos, el “Tamborcito de Tacuarí”). Son todos jóvenes que, sin estas alternativas, hubieran emigrado.
En septiembre pasado, el presidente Mauricio Macri firmó la aceptación del primer tramo de donación de tierras de Tompkins para crear el parque nacional. El ministro de Turismo de la Nación, Gustavo Santos, indica que el proceso es gradual y permitirá que Parques Nacionales se instale en la zona y coordine actividades con el resto de los actores. “Inclusión y turismo, en eso trabajamos”, señala.
 Fuente: La Nación // Foto: Weekend